A veces no quiero morirme,
quiero que pare.
Que pare la cabeza,
que pare el ruido,
que pare eso que no sé explicar
pero pesa como todo junto.
Me miro y no me reconozco del todo,
como si fuera una versión cansada
de alguien que antes soñaba más fuerte.
Y sin embargo,
acá estoy.
Con ojeras, con dudas,
con ganas de apagar todo
y a la vez dejando una luz prendida
“por si acaso”.
Por si mañana duele menos,
por si algo cambia,
por si yo cambio
sin darme cuenta.
No es valentía épica,
no es una historia linda.
Es más simple:
no me fui.
Y hoy,
eso alcanza.

